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creador
No
encontré huellas ni senderos para acercarme a esas latitudes que
estaba idealizando. Mitos y talismanes prepararon mis itinerarios
por el submundo americano. Solo, intenté ausentarme, viajar por
gastados peldaños, olvidar cosas cotidianas, desdoblarme y ser
yo mismo un vidente... Y esto llegó: se poblaron de vida mis personajes...
Comencé a pintar extrañas figuras rodeadas de espíritus. Mi libertad
estaba presente: Podía volar y aparecer, espiar y dar vida en
mi taller a ese acontecer mágico...
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El
artista, luego de recorrer infatigablemente los senderos materiales
de esta América, habiendo sido fiel, primero, en su captación
del mundo exterior, adentrándose luego en el corazón de sus modelos,
se plantea en un punto la necesidad de penetrar con su arte en
un círculo más interior, en el alma oculta. De este escozor dan
testimonio sus apuntes de la época, de su ardiente deseo de contactar
con una realidad más trascendente y universal. Y cuando da sus
primeros pasos en el arenal de la costa peruana siente la inexplicable
sensación de haber sido predestinado, elegido, para redescubrir
ese mundo soterrado y prestarle aliento a su voz remota. Pero
el lenguaje de esos seres olvidados es inaccesible. No hay referencias
en el mundo de hoy para abordarlo. Entonces debe atravesar con
recogimiento los campos sagrados, hacer una invocación y depositar
su ofrenda: abandonar el mundo conocido, la costa más o menos
segura (recordemos que la aventura no le es extraña) y quedar
despojado por entero de sus atributos. Es tal el apremio con que
interroga los silentes oráculos, bajo tal estado de sugestión,
que en un momento inesperado es sacudido por visiones, que lo
arrebatan y ya no lo abandonan más. Es “tomado” por los espíritus.
Se convierte en un iniciado, el celoso guardián de un antiguo
culto, reinventado por él mismo. Las claves tan ansiadas se le
revelan y se despliega ante él la policromía de
un mundo rebosante de música, de silencios, fecundidad, ternura,
dramatismo y misterio.
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