LIBER FRIDMAN ...por los caminos de américa

 

 

 

 

 

La obra del pintor Liber Fridman es conocida y celebrada por nuevos y viejos amigos. El público parece buscar un vínculo distinto del convencional artista-obra-público. La obra atrae a espectadores distintos de los que de común visitan las galerías. Y, con gran frecuencia, la aproximación a esta obra singular se produce en dos etapas: en primer lugar la gente es atraída por la deslumbrante vitalidad, el reclamo de cartel, de bandera, de llamarada. Una vez allí, se produce un recorrido cada vez más reposado y contemplativo por los itinerarios íntimos del cuadro, sus más sutiles argumentos, armonías, narraciones, acordes. Y son muchísimas las ocasiones en que el espectador busca, como correlato de este impremeditado viaje, introducirse en el mundo personal, en trabar una relación, por breve que sea, con el creador y su pensamiento vivo.

Se presenta aquí una selección de sus escritos, que fuera publicada junto con medio centenar de bocetos bajo el título "Tras las dunas" (Geografía Negra Ediciones - Ediciones de Arte Gaglianone, Buenos Aires, 2002). Estos escritos, una prosa poética fluida, continua, casi sin puntuación, constituyen un material de múltiples riquezas, entre las que descuellan su espontaneidad avasalladora, la inmersión sensorial y emotiva en climas de ensueño, la ligazón, a pesar de su variedad, que demuestran a lo largo de cuatro décadas, en una coherente masa musical, plástica y filosófica. En ellos resulta peculiar la recurrencia de algunos temas y escenas, muy particularmente, el momento del encuentro de Liber con el submundo, la alucinada noche, el diálogo con esos seres insomnes, espíritus que vagan aún y van en su busca, en la esperanza de redimirse a través de su arte. De alguna manera, podría decirse que el argumento se encuentra siempre en su planteo, primer cruce de miradas de un romance. En el inicio de esta relación con el pasado más arcano del continente, en la sorpresa que nunca se agota y en el deslumbramiento por el huaico, torrente de vida de una América desconocida, que pugna por volver a la luz. Aún así, es posible reconstruir su itinerario poético a través de apuntes, cartas y, por supuesto, su narración oral, pudiendo invitarse al lector a acompañarlo:

El artista, luego de recorrer infatigablemente los senderos materiales de esta América, habiendo sido fiel, primero, en su captación del mundo exterior, adentrándose luego en el corazón de sus modelos, se plantea en un punto la necesidad de penetrar con su arte en un círculo más interior, en el alma oculta. De este escozor dan testimonio sus apuntes de la época, de su ardiente deseo de contactar con una realidad más trascendente y universal. Y cuando da sus primeros pasos en el arenal de la costa peruana siente la inexplicable sensación de haber sido predestinado, elegido, para redescubrir ese mundo soterrado y prestarle aliento a su voz remota. Pero el lenguaje de esos seres olvidados es inaccesible. No hay referencias en el mundo de hoy para abordarlo. Entonces debe atravesar con recogimiento los campos sagrados, hacer una invocación y depositar su ofrenda: abandonar el mundo conocido, la costa más o menos segura (recordemos que la aventura no le es extraña) y quedar despojado por entero de sus atributos. Es tal el apremio con que interroga los silentes oráculos, bajo tal estado de sugestión, que en un momento inesperado es sacudido por visiones, que lo arrebatan y ya no lo abandonan más. Es “tomado” por los espíritus. Se convierte en un iniciado, el celoso guardián de un antiguo culto, reinventado por él mismo. Las claves tan ansiadas se le revelan y se despliega ante él la policromía de un mundo rebosante de música, de silencios, fecundidad, ternura, dramatismo y misterio. Con alegría incontenible nos toma de la mano y nos lleva a recorrer algunos de estos caminos. Luego, por un rato, se detiene en nuevas reflexiones, y nos conmueve saberlo un hombre en paz con su destino, al tiempo que siempre listo para reanudar la marcha, en pos de metas más altas aún.

 

 

¿Cuál es la problemática que un artista busca en su cotidiano andar? ¿Ser siempre uno mismo? ¿Quién guía su derrotero, cuáles son sus ilusiones como creador?

Por mi parte, nunca estuve ausente en las cosas cotidianas del arte. Quizá mi andanza estaba signada con el rumbo de otras estrellas. Me debía a mi mundo, inventado por mi propio destino. Un camino con muchas etapas, sorteando equivocaciones, pero sublimando las expresiones de mis personajes, llegados del olvido. En años anteriores, en otros tiempos de viajero, mi brújula me ubicaba en las altas florestas del Amazonas, para pintar al cauchero, al buscador de fibras y orquídeas. En Manaos dispuse de una canoa y un año y medio para recorrer la zona lacustre y pintar el caserío flotante, los pescadores y lavanderas. Igual tarea realicé en Pernambuco, un mundo de redes y canoas. Y en Bahia me instalé en las barracas donde estaban las iniciadas del Candomblé. Recorrí el suburbio buscando mis modelos en niños tristes, vendedores de suertes, flores y juguetes, sumando ocho años de andanzas, viendo la diaria lucha de gente humilde. Fue una preparación de vida por demás rica en vivencias. [volver al inicio]

Cuando llegué al Perú en 1958, me encontré otro continente: mientras en Brasil al norte, lluvias torrenciales cubrían nueve meses del año, en Perú cubría, nueve meses sin sol, una leve garúa, que creaba una ligera humedad de centímetros apenas en la tierra. La costa peruana es gris y ocre. Parece velar miles de historias vividas en su lento andar de siglos. Mi comunicación con el reino de las muy antiguas culturas no fue casual. En la vida diaria encontraba rostros semejantes a las culturas de la costa pacífica: las cerámicas-retrato mochicas. Faltaba entonces iniciar el otro viaje: museos y colecciones privadas pronto me hablaron del mundo mágico que esperaba incursionar. Realmente, como si fuera un códice escrito en extraños dialectos, comencé mi itinerario cubriendo treinta años de vagar entre tumbas, santuarios y huacas. Me despedía así de esta humanidad viviente y conflictiva. [volver al inicio]

En aquellos días, mis pasos andaban entre perdidas latitudes. Descubría un desierto hasta donde alcanza la vista. A lo lejos, casi en brumas asomaban las sierras bajas de los Andes, pero el descolorido desierto pobre, arenoso, de un color moreno obscuro, era atravesado a veces por alguna raya blanca. Y seguía la soledad nunca vista en otros sitios. Mi aventura dejaba apenas su rastro, sorteando caminos y señas en busca de lo infinito. ¿Qué buscaba en esa inmensidad? Hasta hoy sigo llamando a mis talismanes para que me señalen el sitio y el momento de hacer el primer alto, llegar al territorio para ser testigo, invitado por todos los seres que habitaron el aire y la tierra, crearon y lucharon para el Más Allá. Un misterioso destino me llevó a un imaginario país del Más Allá. Algo presentía; aguardaba este suceso. Pero los caminos se borraron y sólo la intuición llegaría a mis manos para emprender los primeros pasos. No encontré huellas ni senderos para acercarme a esas latitudes que estaba idealizando. Hacía ya muchos siglos, antes de nombrarse América, se había perdido el rastro. Bajo la protección de otros dioses, el tiempo solitario dejó huérfanos los pasos en todos los senderos; los ríos se secaron; se perdieron las marcas sagradas que dividían las naciones y sus dialectos. Cuando me senté en mi taller, allá en Lima, sentí que un sismo se apoderó de mí, y la primera tela blanca comenzó a recibir el telegrama de muy lejanos tiempos. Sólo el olvido de todo lo cotidiano me invitaba a este desafío. Imaginaba a mis personajes deambulando por mi taller. Andaba alucinado. Muchas veces me iba a la zona de Chan Chan, el mayor cementerio precolombino, a amanecer en madrugadas con baja neblina. Pasaban ante mis ojos caravanas de espíritus extraños. A medida que aclaraba la mañana, a contados pasos estaban los cráneos muy blancos, dispersos, esperando otras manos, que sepultasen en el fino arenal a los hermanos, hijos de otras vidas. Mis modelos volvían temblando desde la noche milenaria, ataviados con ricos bordados de pájaros, felinos, peces y dioses. Acompañados de cerámicas con historias diabólicas, retratos, frutos y símbolos de la muerte: todo un diccionario de la vida y el arte. Sólo me faltaba descifrar este jeroglífico. Con este rico material, y recorriendo la geografía de arena y silencio, pude adentrarme en ese territorio imaginario. Comencé a usar la grafía mágica del recuerdo. Hace ya muchos lustros que estoy pintando un mundo irreal. [volver al inicio]

Y los vientos, desde Sechura a Paracas, gastaron los perfiles de ciudades, acequias y huacas en la extensa costa peruana. La arena todo lo cubrió de olvido. El hombre sólo encuentra ahora un paisaje calcinado, a veces en tonos verdes grises de cobre y siempre ocres, ondulando sombras de luna. Pero en las tierras donde la huaca duerme su eterno sueño, más abajo aún, transitando senderos fosforescentes, casi en total penumbra, comencé el coloquio. A mi inspiración de pintor acercaron mis manos figuras apergaminadas. Se abrieron las pupilas, vendas y ataduras. Se rasgaron extrañas voces, silbidos llegaban desde otros laberintos. Sentí pasos y confusas palabras. Creo que había sido transportado. Angeles tutelares me llevaron a otros sitios, otros pueblos. Comencé a retornar: dunas y desiertos quedaron atrás. Sólo mi alma encontró el camino. Ser diferente, parecerme a mí mismo: esa es mi meta. Caminos sinuosos, recuerdos de seres que secaron sus pupilas envueltos de desvelos y silencio. En este mundo de difícil búsqueda he incursionado como pintor. Me sentía poseído. En este paisaje o laberinto esperaba el retorno de otras vidas. Fui pintando estos recuerdos. Parecía el único testigo, en estas tierras desérticas, sin vuelo de pájaros. Caminaba por esos yermos, lentamente, entre onduladas dunas, andaba por sitios donde ya no percibía el eco de mis pasos. Conversaba a solas. Tejía los sueños de América. Por centurias no me abandonaron estas raras ideas. Cuando me puse a pintar, concurrieron los más diversos recuerdos. Me había adueñado de un mundo que nadie reclamara como inspiración. Reteniendo mi respiración aguardaba otro sismo más. Dramáticos momentos, mezcla de soledad y temor. La tierra daba paso a extraños seres. Mitos y talismanes prepararon mis itinerarios por el submundo americano. Solo, intenté ausentarme, viajar por gastados peldaños, olvidar cosas cotidianas, desdoblarme y ser yo mismo un vidente... Y esto llegó: se poblaron de vida mis personajes... Comencé a pintar extrañas figuras rodeadas de espíritus. Mi libertad estaba presente. Podía volar y aparecer, espiar y dar vida en mi taller a ese acontecer mágico... ... o estar en Nazca asistiendo al paso del cóndor, que lleva celosamente entre su plumaje el alma de un gran sacerdote. Otros cóndores seguían de cerca este simbólico vuelo, bordeando el surco de las constelaciones, rumbo al más allá. [volver al inicio]

No podía escapar de mi sueño el otear el increíble santuario de Nazca, donde muchas vidas y por generaciones bordaron el suelo con piedras claras de brillo dorado. Gigantescos pájaros, monos, arañas, zorros y lagartos mostraron al mundo de arriba, a sus dioses predilectos y al cóndor el preciso itinerario. Cuando nombro Nazca, despiertan en mí recuerdos de pintor, viajero de ángeles y cóndores, buceador del misterio. Recuerdos de años de trabajo, de caminos borrados por el aire. Como un fugitivo puñado de arena, mi tiempo de artista vidente recorre todos los laberintos del más allá. Podría describir mi emocionado encuentro con la momia de un curaca: cuando su cuerpo ingresaba dentro de una cesta, y sus ojos aguardaban, entornados con un último gesto de vida espiritual; cuando se la fue cubriendo con mantos ricamente bordados, de colores que jamás cambiarían. Símbolos de pájaros, dioses protectores, ondas marinas y peces de las profundidades del mar daban un abrazo al fardo funerario. Luego de la ceremonia, con cánticos, rezos e invocaciones, fue depositada en una profunda tumba. Costales de arena estéril cubrieron lentamente el sitio. Todo quedó igual, sin señales, sitio para la noche eterna. Así fue mi extraño espiar. Asistí al último adiós del ser querido. Allí se congregaban sacerdotes, hechiceros, maestros de todo el ritual, por los senderos de donde no hay retorno. Daba también yo mi simbólico adiós y sentía que aún me faltaba recorrer este, mi tiempo imaginario. El sitio del adiós quedaba en las afueras de una ciudad con acequias, partes cultivadas con los mejores frutos, gente activa, rostros que no olvidaría nunca. Pero en el día del ceremonial, que marcaba el calendario lunar, me acercaba al sitio de donde partiría al desierto el cortejo sagrado para despedir el alma del curaca. Y partieron al amanecer, casi entre brumas. Llevaría muchos días de camino, llevando presentes de alimentos y cerámicas con chicha. Bailarines y músicos llenaban el aire. No era un viaje funerario: era una despedida con cánticos e invocaciones, y pasaron varios días transitando por caminos ya cotidianos, que por siglos llevaban en esa dirección, a esa gigantesca pampa, tal vez llamada Nazca, misteriosa palabra. Mientras, allí en Nazca, se contrataba dibujantes, que con pequeñas piedras calizas elaboraban senderos mágicos, para no hurgar con los pies: sólo el alma podía transitar esos senderos. Pero los artífices tenían encargos curiosos. Sitios donde habían esbozado grandes pájaros, lagartos, arañas y monos. Para que el misterioso pájaro bajara al lugar ya encargado, donde el alma esperaba el instante de su partida. El piso estaba cubierto de cerámicas con chicha y alimentos: pallares, maní, algarrobo y otros frutos. Un extraño viento estremeció el ámbito. Como en una nebulosa apareció un cóndor. Una extraña voz anunció que el alma ya estaba guardada en el plumaje de este pájaro. Luego atravesó por el extraño itinerario de las estrellas o tal vez más lejos. En su retorno, esta caravana asistió a otro paso de viajeros: muchas almas, y por más de ocho siglos, bordaron con sus pies el trayecto de los mitos, retornando en busca de sus dioses y el reposo de sus espíritus. [volver al inicio]

Fue una mañana, caminando entre los arenales, en el desértico panorama, que aparecieron los chasquis. Traían mensajes, era la hora de ponerme a crear. Ya tenía las primeras noticias: todo iba a ser nuevo, diferente. Había entrado en el bautismo mítico. Podía andar por antiguos pueblos o, de repente, ver en los atardeceres inmensas bandadas de pelícanos o pájaros piqueros retornando a las islas guaneras, mientras el cielo devoraba su oro y violetas nubes ponían un nuevo manto a la inmensidad. Esperaba la noche en los sitios más extraños; aguardaba otro manto más de cielo, desde el púrpura hasta el azul intenso, y se filtraban sonidos de murciélagos, chistaban la lechuzas y otra vez se encendían luces mágicas, formas extrañas en graciosas caravanas. Arbol, madera noble para crear ídolos, flechas, y al fin, fuego y cenizas para la historia. [volver al inicio]

Recuerdo como cosa muy distante un amanecer, andando yo entre hondonadas de fosforescentes y blancas cabezas yacentes. Meditaba en el destino de esos seres: apenas unos gramos de polvo y olvido. Estaba transitando lentamente, durante toda la noche, buscando los rastros por entre las mínimas grietas, el derrotero de historias no reveladas a nadie. Mis amigos tan distantes... sin pupilas... rodeados de la más estricta penumbra y silencio, suelen dialogar largamente conmigo. Sus hieráticas manos toman las mías, y establecemos la relación sin palabras ni tiempo… Peces, salamandras y sapos habitaron entre verdes charcas bordeadas de lotos o en sus vecindades, bajo las raíces de un algarrobo en flor, o bajo la inmensidad, palpando montañas de algas. A veces cabalgando con pies y manos, hechizados por ídolos que habitan las tinieblas marinas, por siempre, eternamente. Los hechiceros estaban ocupados en sus oráculos; abriendo el vientre de algún cuí, prediciendo cosechas, anunciando cataclismos o guerra entre naciones por la posesión de acequias o terrenos más fértiles. Se aproximaba el culto de la noche; todos los confines, cerros, valles y hondonadas, borraban sus perfiles. En los poblados todo era recogimiento, el cielo se hacía azul profundo, y daba paso al mundo de las estrellas. Refugio natural de hormigas y salamandras; mirador pleno de libertades, sitio de amores ancestrales, música de quenas y antaras, mundo misterioso donde la noche se torna alucinada y desdoblan chistidos de invisibles criaturas. Desde las dunas, sus leves pasos siguieron el itinerario signado por el rumbo de la luna o las estrellas, eran viajeros del más allá. A veces se unían al vuelo del cóndor y cruzaban los Andes envueltos en fino polvo estelar, peregrinos de las constelaciones. Los llevaron en andas al país del silencio. Flotaban casi suspendidos en el aire como frágiles seres. Allí estaban reunidos hechiceros, sacerdotes y astrónomos en grave coloquio con seres ataviados de pájaros, zorros y lagartos. Las dunas perdían sus pasos en el laberinto sin fin. Siento nostalgias por estos caminantes del sueño. [volver al inicio]

Siento que tengo las llaves del ayer. Siento que he deambulado centurias buscando rastros, guiado por estrellas, luna y cantos distantes, antaras, quena y tambor.

¿Qué es la libertad creadora? Es deambular por extraños recovecos del alma. Es acompañar un loto solitario en desesperados ríos. Es observar una momia Paracas más adentro de sus ojos sin pupilas. Es contemplar las pesadas mariposas violáceas, celestes y rosas esquivar en su vuelo las tendidas redes de arañas, que las observan desde su laberinto de plata. Es comprender la tristeza de un niño solitario. Es amar todo el universo, fruto de soledades, y no repetirse jamás. Es tener fe en sí mismo y dejarse llevar por entre laberintos cada vez más distantes para encontrar su propia libertad, y lograr que estos hijos espirituales sean la cabal expresión del mundo del que uno se ha inspirado. [volver al inicio]

Este ha sido mi largo tiempo de pintor, deambulando por los recovecos de América, desafiando toda suerte de peligros, llevando mi soledad a cuestas, observando pueblos olvidados en el mapa de este gran continente. Me siento sumergido cada vez más en el humeante resplandor del polvo y de la greda milenaria, desde donde los seres que dejaron su silencioso paso enredado en la tierra de los siglos me buscan o los busco. Sigo andando con mis sueños, con mis herramientas de pintor, alerta, esperando pacientemente la llegada de mis invisibles invitados. Para ellos no existen las horas, no conocen el tiempo. Son viajeros del más allá. A veces se unen al vuelo de las golondrinas, o pasan los Andes guardados entre el cálido plumaje de un cóndor. Un banquete de color los espera. Una tela de lino, que fue la flor violeta de las praderas, servirá de manto y recogerá el saludo de sus manos, gastadas de señalar el paso de estrellas, lunas y hondonadas. Sus pupilas abrirán sus ojos. Mis pinceles peinarán el arco de sus cejas. Su llegada no será la única, pues sus almas conocen las señales de este albergue, sólo pensado para caminantes y final de su misterioso vuelo. [volver al inicio]

Estoy siempre bordeando los tiempos del precolombino. Me siento acompañado y desdoblado por un entrañable parnaso de seres y ángeles tutelares que poblaron mis cuadros: viajeros de alboradas, arco iris, cumbres nevadas y profundas cuevas.

Siento que tengo las llaves del ayer, puerta por la que puedo penetrar a mi gusto, ventana sin cortinas para observar el paso de llamas adornadas con zarcillos y campanillas siguiendo a sus pastores, bailarines, músicos con quenas, antaras y tambor. Fiesta ideal, sol que acaricia el alma, país donde vive la armonía. [volver al inicio]

 

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L. F. restaurador
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la colección L.F.