LIBER FRIDMAN ...por los caminos de américa

 

primeros pasos: buenos aires, luján y santa fé (I)

 

 

El niño soñador

"Mirá este grandote que tiene su infancia retenida en juegos de barrilete, de rayuela, de carrito"

 

Liberto Fridman Schlafman vio la luz del día el año de 1910 en la ciudad de Buenos Aires. Nació en la calle Vidt -así cree recordar el propio Liber- que se encuentra a pocos pasos de su casa actual en Julián Alvarez, después de tantas andanzas por América y Europa.

Nació un día que su padre estaba preso. El padre, Israel Fridman, emigrante ruso en la Argentina, de oficio panadero, era anarquista de corazón, aunque no activista. La ocasión le brindó, sin embargo, la oportunidad de la acción y la pagó con unos días de cárcel.

La madre, Amalia Schlafman, mientras tanto faltábanle escasos días para dar a luz. E Israel, como dándole verdadero valor a la palabra libertad, esa palabra esencial del credo anarquista, quiso que el vástago que naciera llevara dicho nombre. Si era mujer se llamaría Libertad, si hombre, Liberto. Y así fue, pues a los pocos días Israel gozaba de la libertad física para estampar un beso en la frente sobre el primer y único hijo varón que le diera Amalia, en una familia de eminente predominio femenino. Liber, pues, nació en el marco de unas circunstancias especiales: bajo el signo del deseo de libertad y su vida es un testimonio de ello. De deseo, pero sobre todo de realidad: de vida hecha en libertad. Liber primero por el padre, Liber no adquiriría derechos plenos sobre su nombre hasta el momento de su descubrimiento creativo. Liber se crió en el seno de una familia, como decíamos, donde abundaban las mujeres, pues, además de la madre, -¡claro está!- estaban las cuatro hermanas: Ignacia, Anita, Isabel y Libia que se encargarán de mimarlo, cuidarlo, regañarlo y reclamarlo durante todos los años de su vida.

 

Liber con sus hermanas, circa 1917

El hogar de los Fridman antes de que nacieran los hijos estuvo marcado por el movimiento, el desarraigo, la emigración. Israel Fridman, cuenta Ignacia (antigua relatora de las aventuras del admirado padre, por el cual renunció a casarse -ese fue su capricho- ) después de un malhadado matrimonio con "una mujer mala y que no lo quería" y con dos hijos en su haber, volvió a contraer matrimonio esta vez sí con la dulce Amalia Schlafman: la mujer de su vida. Su anarquismo lo llevó a desertar del ejército del zar y después de una serie de vicisitudes que estuvieron a punto de costarle la vida, logró embarcarse rumbo a la Argentina: la meca de los pobres y exilados de la tierra a finales del siglo XIX, fecha en que ocurren estos hechos. Ni Israel, ni su esposa, ambos de origen judío, podían tener seguridad para fundar un hogar, tener hijos, cuando la amenaza del pogrom -política habitual del zarismo a finales del siglo XIX en Europa- ya les había costado a ambos cónyuges penosas pérdidas dentro de sus respectivas familias.

En la Argentina el matrimonio ingresó como tanto judío o no judío, europeo o no europeo, exilado o emigrante, con el único equipaje de las manos. Aquel era un contingente de gentes de todas las razas y lenguas, con nombres y apellidos distintos a los comunes en la Argentina. Es por esta razón que los Fridman, posiblemente Friedman, o incluso otro apellido más complicado, tuvieron dificultad para hacerse entender en la aduana. Y el argentino llano, como el pueblo llano de todas partes, optó por facilitar las cosas, y el matrimonio entró oficialmente al país como Fridman. Un nuevo país y una nueva identidad los esperaba. Los principios fueron duros como lo suelen ser todos los principios y más para una gente "venida de afuera", con dificultad para el idioma. Hasta su establecimiento casi permanente en la capital, los Fridman vivieron en Entre Ríos y algunos puntos de la provincia de Buenos Aires. Israel era panadero de oficio y al parecer de los buenos. Las crónicas familiares cuentan, con el mayor de los orgullos, "que el padre había sido panadero de la corte del emperador, en Viena". Sea como fuere, la cuestión es que Israel conocía su oficio y allá a donde fuere nunca le faltó trabajo y nunca mejor dicho ¡el pan para sus hijos! El pan, dada la carismática personalidad del padre (de la que hablaremos enseguida), ha sido un elemento importante en esta familia. Liber, el protagonista de la historia de esta vida, ha tenido períodos en que, como evocando la presencia del padre, ha hecho pan y recordado, orgulloso, como si no lo supiéramos, que su padre hacía pan. El mejor pan del mundo. Este tema me permite introducir la idea de que a lo largo de su vida Liber tendrá como "ejemplo de vida" algunas de las facetas del carácter del padre y que, sin saberlo, inconscientemente, pondrá a la práctica. Valga como ejemplo el siguiente comentario que hallamos en una de las cartas enviadas por un Liber maduro a su padre, anciano ya, y que expresa su voluntad de continuar en el ejemplo de integridad de aquel: "Tú eres un eld, una persona que cuida todos los detalles para vivir en paz. Yo soy también como vos y siempre, dentro de mí, observo ese cuidado de comportarme decentemente. En ese plan el tiempo me dará sus frutos".

Establecido en la capital, en Buenos Aires, el hogar de los Fridman está dominado por la personalidad del padre: figura principal de una familia en que la mujer se ocupaba de hacer sus labores y los varones gozaban del prestigio de ser varones. Dicho prestigio, obedecía, además, a una serie de peculiaridades que lo hacían distinto, especial. Pues Israel, de oficio panadero, inserto en el medio chato del Buenos Aires pobre y popular de su barrio, era un hombre con aspiraciones e inquietudes. Las hermanas -Ignacia- recuerdan hasta allí, hasta el padre. Nada se sabe de la educación que recibiera éste, de la generación anterior, la de los abuelos. Es de imaginar que una educación con inquietudes como la que transmitiría a sus hijos y por la cual estos se sentirían agradecidos de por vida. Pero no sólo agradecidos sino orgullosos de ser diferentes, de pertenecer al clan de los Fridman. La idea de tratar de superarse a si mismos, de progresar, era, por otro lado, una idea cara para la gente de aquel tiempo, incorporada a su discurso y a sus íntimos pensamientos. Israel gustaba de leer en las tertulias a los novelistas rusos, -las hijas, las hermanas, aún recuerdan a Tolstoi, a Dostoievski-. Después del almuerzo, los hijos, que no gozaban pronunciar una palabra más alta que la otra cuando el padre hablaba, lo escuchaban en el idish que nunca abandonó, relatar las historias de su lejano país. Y una vez más, el hijo, como evocando la figura del padre, con o sin el consentimiento de sus contertulios, ha leído una y otra vez una página traída por su curiosidad a la mesa. "El comentaba libros, él engrandeció mi horizonte" -concluye Liber.

No sólo lecturas sino también antiguas canciones populares rusas e idish amenizaban tertulias y fiestas tradicionales que eran las contadas ocasiones en que la gran familia se reunía. Pues Israel, una vez establecido en la Argentina, reclamó a parientes y amigos. Eran momentos en que la tradición ponía de manifiesto la pertenencia de aquella familia al judaísmo y que, posiblemente, los hacía sentir un pueblo, en medio de tanto desarraigo. Reuniones a las que no faltaban los amigos hechos en el nuevo país y sobre todo aquel amigo, tan caro a la familia que era Kive. O mejor dicho tío Kive: tal como se lo conocía entre los Fridman. De tío Kive se decía que era tan alto y tan corpulento como el propio Israel. ¡Dos gigantes! -según la mitología de la familia-. Dos gigantes que se reunían para beber, cantar y contar y que evitaban hacer pulseadas entre sí -tan propias de los amigos de su grupo- pues querían evitar el trago de la derrota. Ello podría significar el fin de una hermosa amistad. "Kive sentía una 'amistad amorosa' por mi madre" -recuerda Liber al evocarlo-, "pero sólo eso...,- añade Ignacia-, "pues mamá fue la más linda compañera que pudo tener papá". Era poco frecuente, sin embargo, que Kive se paseara por el hogar de los Fridman, pues la mayor parte de su tiempo lo gastaba en aventuras en tan lejanos países que transtornaban las mentes infantiles. "Kive venía a casa para contarnos sus viajes y aventuras", recuerda Liber. El tío Kive fue, sin lugar a dudas, un personaje de referencia vital para el niño Liber, pues, en ese medio tan desprovisto de encanto y de estímulo, las historias del "tío" acicatearon la imaginación del pequeño. Liber fue, ya por el padre, ya por el amigo, desde su infancia, un degustador de historias y cuentos. Tan es así que esta faceta tan cultivada en su casa, tan propia por otro lado de esa época y de la Argentina misma, -país generoso para la charla y la tertulia-, fue de vital importancia. Liber amó esos cuentos, deseó vivirlos en carne propia. Su infancia fue una aspiración continua a ello; su juventud los hizo realidad. Y de tal modo que Liber en el camino de la vida convirtióse en "un tejedor de sueños". Creador de sus propios cuentos. Esos cuentos que luego adoptaron en algunos casos, cuando la originalidad de la anécdota así lo exigía, una forma escrita; y las más de las veces una forma oral.

Hoy, muchas de esas historias, anécdotas, todavía descansan en el sueño de la oralidad, esperando "la mano que le arranque notas". Otras, en cambio, gozaron no de una sino de más versiones. Aquellas tal vez que desempeñaron un papel especial en la vida de Liber. Estas por su lado esperan el sueño de una publicación (¿la segunda parte de este libro?). Esta es, pues, la principal deuda que contrajo Liber con tío Kive pero que luego devolvió con generosas creces. Kive iba y volvía a Buenos Aires, y estando Liber ya en pleno camino de la vida, conoció noticias suyas, siempre referidas a lejanos paraderos. Un día, sin embargo, le llegó la triste noticia de su muerte, pero de una muerte que, felizmente no manchó su memoria. Pues cuentan que Kive -conocida era su proverbial fuerza- desencajó de un solo tirón una carreta para el reparto del pan, hundida en el barro. Dicen que desenterró la rueda y del tremendo esfuerzo un ataque al corazón se lo llevó a tierras más lejanas...

En el hogar de los Fridman los hijos debían ayudar al padre con el reparto del pan. Este se cargaba en una carreta, luego decorada por Liber al manifestarse su joven vocación de pintor. Era una carreta alegre, llena de olor y color. Se trabajaba y se estudiaba, pero el estudio no era algo que atrajera particularmente al niño Liber. Un niño cuyo único deleite era soñar con países lejanos y maravillosos. Es por eso que el chico dejó pronto la escuela. Liber gustaba de vagar por los campos y en aquel entonces el terreno baldío estaba muy próximo a la ciudad. Cuando no era el campo, siendo ya adolescente, gustaba de ver pasar el tren rumbo a Mendoza. Aquel tren -siempre recordará Liber- era el tren de los sueños. El tren que llevaba a tierras lejanas: a esas tierras que ansiaba conocer. Entonces toda la fuerza se le iba en suspirar por ese gran amor que era la aventura. "En mis anhelos infantiles, cuando veía pasar el tren transandino por la estación Sáenz Peña, con su imponente humareda hasta perderse en el horizonte, éste representaba para mí el símbolo de un inmenso mundo que me esperaba. Yo miraba al maquinista retornando de sus largos viajes con inmenso respeto. Sería el equivalente de lo que es el astronauta para un niño de hoy".

La vuelta a casa ya no tenía el mismo aliciente que la escapada de la escuela, pues significaba el retorno a la rutina, a la inmovilidad. Tan opuestas a Liber como el agua al aceite. No sólo de contemplación vive el hombre, y Liber se dio cuenta que era necesaria una cuota de acción para conseguir "algo en la vida". Fue así que, curioseando en el barrio, descubrió cosas que captaron su interés. Una de esas ocasiones se la proporcionó el aludido reparto del pan. Liber descubrió que el vecino, ese vecino anónimo que todos los días le compraba pan, era pintor y, olvidándose de la tarea de repartir, se quedó para contemplarlo. Y dicha práctica la convirtió en una costumbre. Liber había hecho un trato, de sus primeros tratos, con el "viejo pintor", como desde entonces empezó llamarlo, y era que a cambio de unos pancitos que el chico le sacaba al padre a escondidas, el artista en cuestión le permitía quedarse. El descubrimiento, pues de eso se trata, de descubrimiento, fue determinante en la vida del Liber infante, ya que la existencia de una persona dedicada al arte, -pues el pintor, invariablemente, día tras día, sacaba su caballete al poyo de la entrada de la casa-, le abrió los ojos. Le hizo conocer que la realidad era mucho más amplia, más rica que su anodina apariencia. El ya lo había presentido, adivinado, intuido, en sus sueños de precoz aventurero, pero esto de la pintura se le representaba como algo más. Una forma de relacionarse con la realidad más acorde con una sensibilidad que necesitaba del color y de las formas para expresarse. Pintar, sí, fue la nueva consigna de Liber, pero ¿pintar con qué? Él se había dado cuenta que en la escuela había un chico de aspecto más pudiente y que tenía... Tenía una hermosa caja de acuarelas. ¡La más hermosa que había visto en su vida! Era una caja de latón con seis colores transparentes, para acuarela. Su dueño hacía alarde del objeto, pero a Liber le parecía que no le tenía especial afecto. Fue así que le propuso un negocio y le compró la cajita por setenta y cinco centavos. Liber había acertado: el chico había sido capaz de desprenderse de la cajita. No la merecía. Era suya por tanto en toda ley. Las escapadas al Rosedal ahora sí tenían un sentido más definido. Ya no se trataba de ir a vagar como un "linyera" sino que Liber era todo un muchacho con sus objetivos definidos.

 

Liber con sus padres, circa 1927

 

El Rosedal fue el lugar donde Liber pintó sus primeros paisajes. Después vino pintar todo y en medio de esa alegría generosa que brinda toda actividad creativa, Liber pintó no sólo el carro del pan, sino que toda la familia empezó a desfilar delante de su caballete. La familia, por su parte, al descubrir tan formada decisión optó por encauzarlo. Y es aquí cuando la dulce Amalia, la madre que siempre permanecía a la sombra, como una humilde y benéfica sombra, toma una buena mañana al hijo de quince años y lo inscribe en la Mutualidad de Estudiantes de Bellas Artes. Es el año 1925. Dirige la institución De la Cárcova y Liber tiene como maestros, -recuerda- a Pio Collivadino, a Rossi y otros tantos que la memoria no retiene. De aquella época de formación académica Liber sólo conserva el recuerdo de unos nombres, las grandes bateas de frutas y legumbres para copiar, y nada más. El resto queda en el olvido y la vida continúa... Es una época lenta, de formación, sin otra conquista -¡gran conquista!- que la afirmación de ser pintor.

 

 

El paréntesis cordobés (1931)

 

1931 es la próxima fecha que Liber rescata del pasado. Tiene entonces 21 años y significa la primera ruptura con la familia. La milicia convoca a sus soldados y a Liber lo han destinado a Córdoba, a la base militar de aviones: la primera del país. Allí Liber cumple el servicio como cualquier otro soldado, con más pena que gloria. La única gloria es que puede pintar en sus ratos libres y los aviones son ahora sus modelos. Liber es un novato y como todo novato debe pagar su bono contribución, pues cuando le preguntan: ¿y usted soldado, usted, qué es lo que sabe hacer? y él contesta "pinto", la respuesta parece mover a risa. ¡No esperaban un soldado de lujo en el batallón! ¡Un artista!" Entonces el sargento, el que hace las preguntas, el que da las ordenes, añade: "Es usted justo la persona que necesitábamos. ¡Usted va a pintar "La morocha"! Y Liber aburrido de pintar aviones se relame de contento y dice para adentro: "No es tan malo esto del ejército. ¡Voy a pintar el rostro de una bella mujer, de una cordobesa! Los soldados que lo escoltan a su destino, que parecen intuir lo que el novato piensa, ríen por lo bajo. Por fin llegan a donde los espera la bella. "Et, voila! `La Morocha` está allá" -le indican hacia la cocina-. Y Liber, confundido, no entiende la falta de caballerosidad del ejército. ¿Qué hace una bella en la cocina? La broma se dispara y un soldado le señala la gran olla o marmita donde se cocina el puchero de cada día. "Esa, esa es La Morocha".

Fuera de bromas, la vida en el ejército es aburrida para cualquier joven y más para este joven inquieto con ganas de conocer mundo y perfeccionarse en el camino elegido. Y la liberación le llega pronto, antes de lo previsto para cualquier soldado de su promoción: Liber cae gravemente enfermo y debe volver a la capital. El frío, la falta de frazadas, la mala alimentación, hacen mella en un organismo que se va a revelar delicado y propenso a las enfermedades: primer capítulo de esa larga historia que fueron y son sus muchas dolencias. Vuelve a la capital, pero no a la casa familiar, sino al Hospital Militar. Allí permanecerá 8 meses postrado, curándose de un reumatismo que aflorará en diferentes circunstancias de su vida. Cualquiera pensaría que dicho contratiempo lo hiciera cavilar sobre la idea de abandonar su deseo de aventura, pero, antes al contrario, funciona como un acicate muy fuerte. Liber sólo desea mejorarse para volar. Los meses en el hospital templan su espíritu, fortalecen su voluntad, robusteciendo su propósito de vivir en libertad. Es aquí cuando se le hace clara la idea de que debe "seguir el Norte". Esa vieja idea acariciada en sus sueños de niño. "Y siempre pensé en esos días en la palabra Norte. El Norte fue para mí una orden. Y hasta ahora, y después de tantos abriles, siempre tengo presente el Norte. El Norte significa para mí: creatividad, buenas relaciones, paz interior" El Norte no sólo es la dirección, sino el camino a recorrer. El Norte es la brújula: la estrella que guía al caminante.

 

El pintor de Luján (1932-35)

"Siempre levantar anclas"

Cerrado el capítulo militar, Liber inicia, ahora sí, su vida de hombre joven e independiente. El grueso de la familia queda en la capital y Liber parte a Luján: allí convive durante algún tiempo con Anita, una de las hermanas, casada entonces, y madre de una preciosa niña: la futura poetisa Flor Schapira Fridman. Pero la convivencia es difícil y Liber decide ir a vivir con un carpintero amigo. Es la época de "sapos, repisas y maestras". Sapos para los tiempos de carestía y que los amigos salían a cazar en el río Luján. Repisas las construidas por el carpintero y que Liber se encargaba de pintar y decorar como tiempos atrás había hecho con el carro de reparto del pan. Maestras cuyo cochero era Liber, a las cuales, además, les corregía los dibujos de los alumnos. Época por tanto de múltiples oficios para ganarse el sustento diario y que Liber sumaba a su actividad normal de pintor. El pintor de Luján era un pintor de paisajes tanto urbanos como campestres y entre los primeros no podía faltar el cabildo. Imaginemonos una mañana, temprano, en que el joven pintor, caballete en mano, se dispone a captar aquel noble edificio de la historia de la ciudad, cuando, un curioso, de esos que suelen acompañar la labor del pintor solitario (como el mismo había hecho años atrás con el pintor vecino), se acerca y le dice: "Joven, si usted le añade un par de cabildantes al cuadro se lo compro por 100 pesos". Y el joven, atribulado, ante la oferta, no duda ni un segundo, e incorpora los personajes. Sus manos apresan entonces, por primera vez en la vida, la escalofriante suma de 100 pesos. "Plata entonces, -como dice Liber al recordar-: mi primer cuadro vendido".

 

El "affaire" no queda aquí pues el curioso en cuestión era nada más y nada menos que el director del Museo de Luján, el señor Enrique Udaondo, el cual al ver la dedicación y dotes del joven, no duda en aconsejarle que vaya a visitar al señor Zuliani, restaurador de la Pinacoteca de Brera, en Milán, Italia, que luego sería contratado por el Museo de Luján. Allí puede aprender el oficio de la restauración, pues con éste progresará en su pintura. ¡El oficio de la restauración! -se queda pensando el joven-. Un nuevo horizonte se vuelve a presentar en su camino. El joven no duda y a la mañana siguiente se presenta ante Zuliani quien lo toma como ayudante. Se inicia entonces una nueva etapa en la vida del joven pintor. La restauración se presenta como el oficio seguro para ganarse la vida frente a la inseguridad que representa la pintura. Más en el caso de un pintor en sus inicios. El Museo de Luján, pues, será el nuevo escenario de sus esfuerzos en la lucha por aprender un oficio que le proporcionará un conocimiento técnico sobre los misterios de la pintura. Por otro lado, engrosará la colección del mismo con sus aportaciones. Cualquiera que se acerque hoy al Museo podrá observar las pinturas de aquel tiempo. Son las obras de un iniciante, dubitativas, rígidas, especialmente cuando el dibujo se completa con la copia de láminas de época.

 

Liber en Los Talas,
circa 1933

En contraste, ya por esta fecha, con una pintura más libre, de caracter impresionista y de buena calidad. Luján es para Liber, al recordar aquella época "el camino que me llevó a la vida". Y añade: "Mi familia era gente humilde, que no tenía ningún contacto. Solamente esta gente que aparece en Luján es para mí la luminaria". Luján le proporcionó el estímulo artístico e intelectual que su inquietud, su trabajo, precisaban. Luján fue, pues, punto de partida, encrucijada de caminos. Allí se inició no sólo en el camino del arte sino también el de la amistad. Con los amigos disfrutaba de los conciertos de órgano y coros de la Basílica, en particular los ensayos del organista Frason; asi como de la música transmitida por los altavoces en las plazas públicas. Todo a instancias de ese activo núcleo de ciudadanos que eran él y sus amigos. La música, la clásica, era motivo entonces de recreo y de unión.

El capítulo de amistad más importante de la etapa "lujanera" fue, sin lugar a dudas, la trabada con Jorge Furt, o Don Jorge, como así llamaba Liber a su amigo, por una cuestión de edad pero sobre todo de respeto. Asimismo, las cualidades del joven inspiraron en el mentado amigo el nombre de "maestro", pues así era como se dirigía Furt a Liber en la correspondencia. Furt no vivía en Luján propiamente dicho sino en una hacienda próxima, "Los Talas", conocida familiarmente entre los estudiosos como "El Escorial de la Pampa", dado el alto número de de libros de todas las disciplinas que albergan sus estanterías. "Los Talas" era una síntesis perfecta para el hombre amante de la paz del campo y de la cultura. Era un lugar hecho a la medida de Don Jorge: historiador, bibliófilo y escritor. Dicho lugar fue marco de la amistad de ambos hombres, a la manera del maestro y del discípulo. De amistad, intercambio de ideas, pero también un lugar aislado del mundo, hecho a propósito para el descanso espiritual y porque no del cuerpo. "¡Como se sanaría pronto en esta casa llena de vida! Si Usted estuviera aquí vería como no es un sueño poder alejarse del mundo. Y Usted sería capaz de encontrarse con alguien nuevo dentro de sí mismo, alguien que no ha conocido nunca y que recién comenzaría a pintar de un nuevo modo. Y este sería, hermano Liberto pintor, el milagro de Los Talas. ¿Usted no cree que donde vivió lleno de corazón y de arte un artista no va a despertar su gran espíritu y él no lo llevara a pensar cosas altas?"

Después del padre, de tío Kive, Furt desempeña un papel importante en la vida de este joven lleno de aspiraciones, necesitado tanto de estímulo como de dirección. Debe quedar clara la idea de que Liber desde el momento de su primera escapada de la escuela y su decisión de pintar, asume la tarea de dirigir su propio destino. De ordenar su vida guiándose única y exclusivamente por su instinto. Hacer la carrera por libre, esto es no institucionalmente, es una carrera realmente más dura que la universitaria, si bien aquella a la larga tiene réditos más duraderos. Es por ello que la aparición en el camino de personalidades como la de Furt, en un momento decisivo como son los inicios, los veintitantos años en nuestro caso, fue de vital importancia para Liber. Furt fue el que conociendo la pasión de aventura del joven unida a su vocación pictórica, lo incentivó a "hacer el camino". Si bien dicha idea estaba en la cabeza del joven, parece sonar de modo diferente de un hombre maduro, con cultura y una profesión cimentada. Le da carta de autoridad: el visto bueno. Le aconseja, en concreto, que vaya a Santa Fé, allí podrá contemplar los restos de una cultura, la colonial, que le será de sumo interés. No sólo artístico sino cultural. Dicho consejo encaja perfectamente en el esquema de Liber pues ya había hecho por cuenta propia sus "pinitos" en arqueología. Nos encontramos, pues, ante una nueva faceta del joven y que no va a quedar en el camino, sino será una constante de su trayectoria. Me refiero a su faceta de "buceador de culturas" como el propio Liber suele denominar a ese interés suyo constante en el tiempo por el mundo cultural antiguo. Por tanto, el consejo de Furt, cae en terreno fértil.

De un modo más general interesa el hecho de que Furt fue el que le suministró, como un verdadero maestro, un puñado de máximas extraídas de la lectura y que Liber hizo suyas. Liber no las olvidó nunca y lucha, y sigue luchando, por llevarlas a la práctica como tendremos ocasión de demostrar a largo de estas páginas. Para esta etapa rescatamos concretamente la máxima de Séneca "Siempre levantar anclas. Nunca detenerse". Dicho consejo será el que le dará el envión necesario para lanzarse efectivamente al camino: ese camino que partió de Luján. Importa la circunstancia de que dicho consejo ocurrió en un momento especialmente doloroso para Liber -la muerte de su madre-, pues de otro modo el joven se hubiera sentido culpable y obligado a permanecer en el hogar familiar. Furt en cambio le aconseja que siga adelante: "Porque yo sé como el afecto de una madre no se reemplaza con nada, por mucho cariño que se le tenga. Sus hermanas tienen cada una su camino en la vida; su padre es hombre y sabe lo que es hacerse y levantarse solo. "Lo de más importancia para Usted -y no pienso que Usted se sienta molesto por esto que yo le digo y que a Usted le parecerá egoísmo pero que la vida ha de confirmarle -, lo de más importancia para Usted es pensar en su vida misma que debe ser salmo para que pueda ser trabajo y para que pueda ser obra que no muera mañana cuando Usted fatalmente desaparezca. "Uno tiene, Fridman, promesas con uno mismo: compromiso de crear para los demás y del que nada ni nadie puede librarnos. Sólo la muerte o la incapacidad física. "Ahora Usted esta solo. Una madre, de cuyo cuerpo hemos salido, tiene la comprensión y el aliento incomparable para lo que un hijo hace. Un padre es también cariño, lo más alto, que Usted quiera, pero sin el impulso instintivo de la mujer. Puede ser comprensión y ayuda pero en sentido mucho menos cordial, aunque inteligente, más cerebral. Por eso yo le digo que Usted está solo y que su voluntad debe ser todo para Usted. "Debe estar fijo en su labor y desligarse de todo: tener siempre armas listas para cortarse nudos y ataduras. Siempre esta hora de pena que Usted pasa no es para literaturas. Le digo una palabra de uno de esos latinos que con tanto amor vivo leyendo en ratos y que recuerdo ahora como un consejo para su vida en adelante: ¡Anchoras praécide! Siempre levantar anclas. No quedarse a la espera: ir siempre más arriba". Y Liber siguió adelante con toda la carga de alegrías y tristezas, pero con la fe puesta adelante. Furt no sólo le proporcionó consejos para la vida, sino que intercambio con Liber ideas sobre arte. Así rescatamos de la correspondencia las ideas siguientes: "Mejor es que ante una obra linda no piense en querer interiorizarse de su autor. Puede serle un desengaño inútil" Opinión según la cual el propio Furt desautorizaría la presente biografía en tanto que aproximación a la obra de un artista. O aquella más amplia: "El arte es emoción: es la capacidad de sufrir y gozar llevada a lo más intenso. Es la cuerda de instrumento capaz de cortarse con tal de conseguir su nota más alta"

Idea lanzada dentro del contexto de la muerte de la madre y que comprende de un modo distinto, (de un modo distinto a como lo entendería la familia) desde la perspectiva del artista que es Don Jorge, el sufrimiento del joven artista Liber ante la muerte de la madre. Esto es que el joven sentirá de un modo peculiarmente agudo, dada su naturaleza sensible, la muerte del ser querido. Por último, la correspondencia no sólo la constituyen consejos sobre la vida y conceptos sobre el arte en general, sino también hablan de la amistad entre los dos hombres. Una amistad que desde el lenguaje utilizado por Furt tiene un carácter severo, austero, escueto. "Andaba por escribirle... por escribirle cuatro líneas cortas donde Usted adivinaría mi estima de siempre y mi recuerdo y nada más"

"Y charlaremos y soñaremos mil cosas desde la tarde hasta que las estrellas aparezcan por el cielo como decía de sus charlas con Miguel Angel, Francisco de Holanda. Y adiós."

Este fue, pues, el cariz de las relaciones entre Liber y Don Jorge. Con esa bolsa de ideas, palabras y sueños, partirá a Santa Fé y de ahí al Paraguay misionero. Caminos que nacen de Luján y del estímulo brindado por Don Jorge. Los amigos más adelante se encontraran en diversas ocasiones, siempre con viajes mediando, pero el contacto esencial pertenece a la época de Luján. Por otro lado, la relación entre ambos cobrará otro aspecto desde el momento en el cual Liber, recordando la pasión bibliófila de Furt, le envíe, desde lejanos puntos de América, libros para su colección. "Maestro: ¡Maravilloso el manuscrito! ¡Desde que lo tuve en mis manos Luján está más grande!" La síntesis donde se concreta, finalmente, dicha relación tomará la forma de un libro: "Arquitectura de Santa Fé". Se trata de un libro escrito, editado y publicado por Furt en el año 1939 con ilustraciones de Liber. Pues nada mejor que un libro para sellar la amistad entre estos hombres: compendio de los intereses de ambos dos.

 

 

(Texto extraído de "Yo, de allí: Una biografía de Liber Fridman";
Pilar Vigil Cartagena; Ediciones del Sol; Buenos Aires, 1994)

 

Página siguiente >>

 

 

 

 

 

| biografía | obra plástica | pensamientos y escritos | L.F. restaurador |

| datos sobre el artista | la colección L.F. | contacto |

 

 

© by Geografía Negra Ediciones - Ariel Fridman, 2007